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Colombia: cien días contra 212 años

Por Luis Fernando García Núñez (desde Santander, Colombia, especial para Mariano Moreno Noticias). Gustavo Petro, el presidente de Colombia, apenas lleva 100 días en el poder y ha tenido que lidiar con una oposición desprestigiada y perversa que, como todo lo desprestigiado, grita y miente mucho –que ha sido, y es su oficio– porque tienen pocas ideas y su sombrío pasado les impide hacer una oposición inteligente y franca. Y democrática. Adjetivo, este último, que no conocen por más que lo intenten en sus desenfrenos y en sus frecuentísimas salidas para imprecar y señalar a un gobierno que apenas comienza y tiene que enfrentarse a una herencia de 212 años de despotismo y avaricia. Y de desmanes y corrupción desenfrenada.

Tantos tiempos de dolores y de crímenes se miden en esa clase gremial codiciosa y enemiga acérrima del pueblo al que, en sus discursos mediáticos, utilizan con la misma hipocresía conque esconden sus elevadísimas ganancias y relucen sus pequeñas y poco creíbles pérdidas. Todo está ahí… es la desmesura de sus privilegios y de sus exenciones. Decenas de años, por no decir centenas, en que han hecho lo que se les da la gana, en que han ganado y abusado del país, en que han impuesto hasta la salud a un pueblo con uno de los índices más pavorosos de desigualdad del planeta, y que ha debido soportar las más descaradas muestras de impunidad y de autoritarismo.

Toda reforma o transformación de ese statu quo los enerva y empiezan sus cantos de sirena contra la izquierda, o lo que ellos, en su inmensa ignorancia, creen que es izquierda, o contra el comunismo, su otro escudo, o contra el progreso cuando creen que no van a ganar grandes fortunas. Su lenguaje no ha cambiado en estos años de independencia. Casi las mismas palabras que nos llevaron a tantas guerras civiles y las mismas de las tantas violencias que ha vivido el país con más “conflictos civiles” del mundo. Utilizan, y tienen, los micrófonos de unos medios de comunicación que han alterado los lenguajes de la paz y la reconciliación, y se han hecho voceros canallas de esas mafias enclavadas en el destino del país, dueñas de esos micrófonos y de las prensas enemigas de la verdad y la justicia, enclavadas en esos destinos de mesías de la libertad de expresión cuando conviene, y desacreditadas por la barbarie que las ha llevado por el mundo, con patético cinismo, a condenar lo que aquí hacen con tanta eficacia y procacidad.

Son apenas 100 días y por las redes sociales, que manejan con la misma cobardía y altanería que han manejado el país, han lanzado las más groseras campañas para exigirle al nuevo gobierno hacer lo que ellos no pudieron en 212 años de desgobiernos, autoritarismo y fraudes. Y exigirle sin ellos dar un centavo y más bien deseosos de ganar más de lo que han ganado siempre. No quieren una reforma tributaria porque se les está pidiendo democráticamente que empiecen a pagar la deuda histórica que han contraído con el pueblo, al que llaman cuando les conviene, y al que engañan con las mismas farsas conque lo han hecho en tantos años de desafueros y corruptelas. Ahí están rompiéndose las vestiduras estos empresarios fariseos, que confunden la fe en Dios con los paraísos a los que van a dar las inmensas riquezas que le sacan a la patria. Y nunca les pasa nada, aunque salgan en los Papeles de Pandora y en los Papeles de Panamá, y en los que saldrán en las próximas entregas de las investigaciones que descubren el destino final de los billones que faltan en el mundo.

Han sido 100 días difíciles. Estas hordas de mafiosos y refinados delincuentes, que beben güisqui fino y se reúnen a complotar en lujosos hoteles del continente y de Miami –el otro ‘continente’ de la vergüenza–, o en los elegantes apartamentos que tienen en las zonas exclusivas de las grandes ciudades, no quieren que los pueblos digan ¡basta! Ese clamor los enerva y los lleva incluso a la comisión de magnicidios y de crímenes de lesa humanidad. Racismo, exclusión y pataletas.

Los compromisos con este pueblo son inmensos. Hay que devolverle la paz y la dignidad que ha sido mancillada con fervorosa pasión; hay que entregarle lo que es de él y que ha sido expropiado por los señores de la guerra, de los falsos positivos y los falsos judiciales; hay que hacerlo verdadero partícipe de su destino democrático; hay que defenderlo de la voracidad que tiene al mundo al límite de una imparable crisis ambiental; hay que entregarle sus tierras y su trabajo; hay que modificar las cadenas de producción para que todos, y no unos pocos, ganen; hay que enseñarle la historia de la infamia que ha sido silenciada; hay que entregarle medios de comunicación para que todos conozcan sus verdades; hay que darle trabajo decente y educación y salud y felicidad. También hay que castigar a quienes se han robado la riqueza, las libertades y la dignidad de este pueblo, y de todos los del mundo.

Son apenas 100 días contra 212 años. La tarea contra la mentira y el oprobio es muy grande. Pero hay que hacerlo antes de que las tormentas y los huracanes y los incendios y el diluvio universal den por finalizada la historia inenarrable de una humanidad que tuvo a su lado, sin verlos, los más demenciales y pervertidos verdugos de que haya noticia.

 

 

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