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El Papa argentino que eligió llamarse Francisco en su opción preferencial por los pobres

Por Sergio Traversi. Francisco 1 y un anuncio histórico aquel 13 de marzo del 2013. Recuerdo que estaba en mi trabajo y por la televisión en la sala común de descanso, la emoción y el impacto social de enterarnos que el nuevo Sumo Pontífice, el Papa, era uno de los nuestros. Un criollo argentino. Bergoglio.

La discusión política en Argentina se desarrollaba en un proceso intenso de confrontación. El conflicto por la 125 en el 2008 con los sectores más reaccionarios y privilegiados de la sociedad, trajo consigo pasiones políticas que movieron estandartes y corazones. Cristina no iba a arreglar por debajo de la mesa y envió el proyecto de Ley sobre las retenciones móviles para ser tratado en el Congreso. Jornadas con la crispación reaccionaria que sudaba odios y bloqueaba rutas. La discusión se había instalado en todos los rincones de la patria. En todos los frentes. Y los Tedeum no estaban exentos de la contradicción por la puja de intereses. El 17 de julio del 2008, en una jornada histórica y democrática, muchos militantes que estábamos apostados en la Plaza de los dos Congresos vivenciamos la traición del desempate y del inconsciente, con un “Mi voto es no positivo”, del entonces vicepresidente  de extracción radical Julio Cobos. En ese mismo mes se había reunido con el arzobispo de Buenos Aires y el entonces Cardenal Jorge Bergoglio. Después vino la ley del Matrimonio Igualitario y Bergoglio se opuso.

Todo eso me resonaba aquel 13 de marzo, al ver en los medios a todos los gorilas festejar la llegada de su salvador del populismo.

Y si bien en un primer instante sentí un cierto desconcierto, sabía internamente que había que esperar. Jorge Bergoglio también era un sacerdote jesuita que se recluía en la capilla Doméstica a Orar. Era el obispo humilde que viajaba en subte. Era un hombre sencillo y austero. Era el de los curas villeros. ¡Era peronista! Un cuadro y sin lugar a dudas un estadista. Que además había elegido llamarse Francisco. Nada más y nada menos que por el santo de Asís. Santo de los pobres que se hizo pobre. El último de los hermanos menores.

Y cuenta el mismo Francisco que en aquel Cónclave de Fumata Blanca, el cardenal brasileño Claudio Hummes le profetizó su camino: “No te olvides de los pobres.” Y no solo no se olvidó, sino que es uno de los únicos líderes mundiales que asumió la representación y la voz de los excluidos en foros internacionales y donde sea que esté.

Para muchos de nosotros, lo vernáculo del arzobispo de Buenos Aires que nos inquietaba fue sublimado por los gestos, las palabras y el mismo testimonio del ahora Papa. Sacerdotes y teólogos  como Leonardo Boff y Gustavo Gutiérrez, claros exponentes de la denominada Teología de la Liberación, eran convocados y reivindicados por su aporte a la Iglesia y a la humanidad.

Ahora ese gran movimiento católico mundial, tenía un conductor argentino, y el primero en la historia de la iglesia latinoamericana. Y su figura se amplió más allá de los márgenes religiosos. Las personas que eligen el bien por encima de sus propios intereses egoístas, vieron y ven en el Papa, la misma esperanza de una tierra solidaria y hermanada en la que creemos y queremos.

Y ese hombre de la historia universal, toma mate, es peronista e hincha de San Lorenzo. Es de nuestras costumbres, de nuestros afectos, de nuestra idiosincrasia, de nuestras pasiones y contradicciones, tragedias y alegrías populares. Y es el Papa.

Imposible no reconocerlo no reconocernos. Muchos de los que antes le profesaban amor y admiración, que festejaron su asunción, empezaron a mirarlo con un solo ojo y algunos a darle vuelta la cara. Y parte importante de la iglesia argentina a silenciar y recortar sus palabras, sus hechos. Y si se embarraba demasiado a lavarlo. Aunque están cayendo en la cuenta que no se puede tapar el sol con la mano. Además que el Papa se está encargando de que el vino nuevo se vierta en odres nuevos.

Francisco no llegó hasta el sumo pontificado para tirar la mugre debajo de la alfombra vaticana. Después de que Benedicto XVI tuviese la honestidad y entereza de dimitir provocando un acontecimiento casi sin precedentes para la iglesia.

Pope Francis attends a lunch with the poor after celebrating a Mass marking the Roman Catholic Church’s World Day of the Poor, in Paul VI Hall at the Vatican, November 17, 2019. REUTERS/Guglielmo Mangiapane

Francisco supo que era su hora para transformar el boato en simpleza, la frialdad litúrgica en celebración, el delito y la corrupción que tanto daño causó, principalmente con el crimen demoníaco de violaciones y abusos de menores por el mundo entero, y que manchó con mierda los atrios de la santa y pecadora iglesia.

Que el testimonio cristiano prevalece por gracia de Dios. Y que la fidelidad y la fe no son compartimentos estancos herencia de tradiciones. Y como el santo de Asís que al despojarse de todo escandalizaba a príncipes de la nobleza eclesiástica, y abrazó la pobreza y a los pobres y renunció a la riqueza y a los ricos. Nuestro Papa se convirtió en el Papa de los pobres. Y exhorta a la Iglesia a tomar el camino de la opción preferencial por los pobres. De ponerse en el lugar del otro. Esa es su liturgia viva. Francisco renueva en cada acto de humildad como lavar los pies de presos, de una trans, de inmigrantes ilegales…de los sin voz, disfónicos de gritar la injusticia de la miseria que los atraviesa. Francisco se hizo uno con los que sufren. Es inflexible hacia dentro, donde están los que tienen que testimoniar luz y no tinieblas. Y nos cuestiona con su inmensa esperanza y mensaje llano simple y profundo, en un mundo de corporaciones que tienden a controlar cada vez más en función del consumo, ganancias y poder. Discute sentido. Testimonia que otro mundo es posible. Que nadie se salva solo. Que todos/as tenemos la dignidad en cuanto a hijos/as de Dios

Y en cada uno de sus viajes por el continente. Brasil, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Cuba, Estados Unidos, México, Colombia, Chile, Perú, Panamá. Y por el mundo entero, su último destino en Irak. Con toda la carga de violencia sufrida por pueblos castigados en la guerra, de muertes y destrucción de la vida. De hambre y sed de justicia de alimentos para sus hijos e hijas. De medicinas para sus viejos sus viejas. Vaya a donde vaya lo espera siempre  un pueblo que clama, que necesita ser oído. Y Francisco que canonizó al pelado Angelelli sabe que “con un oído en el pueblo y otro en el evangelio” se escucha hasta lo que no sale con palabras pero si en las manos curtidas, en los ojos con lágrimas secas que surcan los rostros de los que más sufren.

Y en medio de las ruinas, Francisco inaugura la celebración del amor que vence al odio. Y la liturgia se transforma en un canto participativo, alegre, colorido, se expresa lo más bello de las culturas. La misa se hace carne. La angustia suda sangre y destila en vino. Y su prédica de justicia social, de conciencia humana, de iguales, de hermanos/as. De paz. Sin eufemismos ni liviandad política. Profetiza, pone en evidencia la codicia, la explotación, la acumulación, el egoísmo y demás cegueras e idolatrías que causan mal a nuestro mundo, a la Pacha Mama.

A través de sus dos grandes y maravillosos documentos, la encíclica Laudato Sí y la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, se plantea un nuevo rumbo virtuoso, amplio, abierto al aporte colectivo que nos lleve a la superación de este tiempo tan limitado por las miserias humanas. A la responsabilidad de pensar en el legado de las generaciones venideras. A calmar la sed y el hambre al que estamos sometidos por la voracidad de un sistema que cosifica, que descarta. La sociedad del descarte.

Francisco es una voz en el desierto. El que quiera oír que oiga. Los cristianos sabemos que la pasión de nuestro Señor no termina en muerte sino en resurrección. A ocho años del Habemus Papam, el Obispo de la “Cittá Eterna” está más vigente que nunca. Y su legado, construcción y reconstrucción es hasta los cimientos. Todavía hay mucho para hacer y dar. La fe mueve montañas y Francisco no llegó para acomodarse sino por el contrario para incomodar, incomodarse. Porque concibe a la Iglesia como tienda de campaña que debe abrirse a los heridos que deambulan sin encontrar destino, a los que buscan donde reposar su cabeza. A los que necesitan que una mano fraterna los consuele. Una Iglesia viva que es el cuerpo místico de nuestro señor Jesucristo; a Dios orando y con el mazo dando.

¡Que viva el Papa!

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